Fondo

El equipo de Colunga Team y yo te damos la Bienvenida a nuestra casa. Deseamos que te diviertas y que convivas con respeto y cariño con los demás integrantes de nuestra gran Familia.

Inolvidable - relato de verano

Aquí está mi cuento por este verano escrito bajo el quitasol.
Espero que les gustes.

 Mientras leéis os consejo de escuchar " Si tú no estas aqui" de Sin Bandera.  http://www.youtube.com/watch?v=HX-eDXzkh9I


Inolvidable
Ahí estaba, frente a mí.
Ya la había leído no sé cuántas veces. La había retirado mi madre en la mañana. Había llegado con carta certificada Televisa, había papel de mambrete méxicano...
Yo no me lo creía. Antes ese mail, pero yo pensaba que fuera uno de aquellos sobres tontos que dicen: “¡Eres el ganador!”.
Es cierto. Participé a ese concurso... “Mejor actor protagónico” con las otras, pero ganar, definitivamente era otra cosa... Nunca había ganado nada en toda mi vida...
La carta decía, más o menos: ganada estancia de diez días con tu actor favorito, oportunidad de asistir a las grabaciones de tu telenovela favorita...
No era la única ganadora. Todas participamos, pero “Las de la noche” ganamos mucho más... Todas para una y unas para todas...
Nuestra constancia había sido premiada.
No sé cuántos sms había recibido desde la mañana, y ahora a las once de la noche, ya me iba a chatear con ellas con msn.
Todo estaba en orden, la conversación empezaba...
Zitia, Camil, Sugar, Feliz, Leonela...
Todo era un: “¡Ay, uau, no lo puedo creer, somos los mejores, yes!
Ahí, todas juntas.
Naturalmente había que planearlo todo: viaje, estancia, pasaporte. Yo pero tenía un as bajo la manga. Desde hace tiempo tenía un buen amigo por correspondencia. Giovanni, que vivía en México desde hace muchos años, estaba casado con una adorable mujer méxicana y tenía una niña con serios problemas de salud.
Él trabajaba de barman y factótum en uno de esos resorts tan encantadores. Ya había hablado muchas veces de mi deseo de irme a México, pero sin visitar el turistico, sino el México verdadero, aquel más intimo.
Giovanni me propuso trabajar en prueba part-time en la administración en cambio de alojamiento y comida gratis.
En breve, está idea parecía perfecta. Además, si juntaba todo esto al hecho de que mis días de vacaciones aumentaban más y más, entonces... ¡bingo!
Quizá el destino ya lo había decidido, pero esta vez el rompecabezas parecía andar componiéndose - y al final – me pude ir. Estaba a tiempo para arreglar las cosas con mi trabajo en la oficina, y sobre todo hablar con mi esposo, quien – una vez más – entendió la situación y mi hija. Luego me fuí a México...
Durante la primera semana trabajé sin descanso. Entender a los demás y sobre todo ser compresible, instalarme, trabajar en un país estranjero no es tarea fácil, sobre todo cuando el idioma no es el tuyo, pero Giovanni y Teresita me habían adoptado y jamás me habían negado su gran ayuda.
Amanecía en la madrugada y de inmediato me iba a la playa para llenar mis pulmones de aquel aire y mis ojos de esos lugares encantados, sus colores, sabores y olores que por cierto me habrían acompañado por el resto de mi vida. Luego lecciones de español en casa de Giovanni, desayuno y día de trabajo en la administración.
La semana pasó y con su final llegaron “Las de la noche”. Ya estaban instaladas en el hotel, y esa misma noche habríamos cenado allí con todo el equipo y el elenco, y sobre todo habríamos conocido a él.
Yo habría llegado con retraso por un imprevisto de trabajo. Mendé un sms a Camil rogándole de disculparme con todo el mundo (pésimo comienzo, eso ya lo sé). Llegué jadeante al restaurante, más o menos a las diez de la noche. Me tomé un tiempito por una ducha, escoger un vestido (¿Por Diós, cuál?), intentar arreglar mi indomable cabello y subirme de volada a un taxi. Entré al restaurante. No se qué fue mi más grande emoción en ese momento. Encontrarme en la otra parte del globo con quienes día a día había compartido mis sueños o conocer a quien – hasta ese momento – yo sólo había admirado a través de los medios e internet.
El director, la protagonista, los co-protagonistas, el antagonista, el actor maduro del elenco, pero más que nada él.
Al final, ahí estaba. Hecho un figurín. Jeans, camisa negra, chaqueta de motorista de cuero y visera de béisbol.
Me presenté, disculpandome con todos por llegar tan tarde, en mi español macarrónico. Todos fueron muy amables. Luego llegué a él. No sé, no me acuerdo, a lo mejor casi me porté grosera. Le ofrecí mi mano sin mirarlo, balbuceando un medio saludo.
Estaba decepcionada.
Sí, decepcionada.
Hasta ese momento, desde el viaje, estaba convencida de que el hombre a quien iba a conocer era muy distinto a sus personajes. Estaba segura de que me hubiera encontrado con alguien muy aburrido y que el encanto de lo que todo el mundo hablaba sólamente era una ilusión alimentada por la pantalla chica. Esperaba que su vanidad desapareciera toda la mágia que lo rodeaba. Y de hecho...
De hecho estaba muy equivocada. Tal como tan a menudo me pasaba y me pasa todavía.
Mi saliva desaparecida debía decirmelo, lo mismo le digo a la taquicardia repentina, a aquella mano invisible que me estrechaba el corazón con vehemencia y me impidia mirarlo. Cara a cara. (Siempre me pasa lo mismo cuando tengo en frente alguien que me gusta, siempre).
Pero lo que tenía en frente era mucho más que eso y era lamentable.
¿Guapo? Obvio. Tenía un carisma especial. Todo él emanaba energía. El porte, el ser tan grandón y fuerte, su presencia. Dos piernas kilométricas, un torso que parecía ocupar toda la habitación. Pero lo que me hacía deglutir constantemente era su mirada. Pero no aquella directa a mí, no le dí tiempo para eso en las presentaciones. Una mirada tan calida, profunda, directa, sincera, atenta. Ese dientillo torcido tan perfecto que lo hacía aún más deseable, si es posible. Y sus manos...
Si sólo él hubiera sido vacío, patinado, maleducriado, yo sería feliz. Feliz por mi estado mental ya tan duramente afectado.
En cambio, en cambio yo no recuerdo una noche más divertida que esa, todo el mundo con ganas de hablar, explicarse, conocerse. Y él tan cordial, con su risa contagiosa, sacando un chiste trás otro de su chistera mágica.
Quise evadirlo durante todo el tiempo, después de todo mi español y yo no nos llevabamos bien. Por otra parte, hablé mucho con “el otro”, el antagonista de la telenovela que estaban grabando. Hablaba un poco italiano, había visitado el país, incluso mi ciudad, por los juegos olimpicos invernales, le gustaba el fútbol y le encantaba Del Piero. Me hizo sentir muy a gusto y a poco a poco logré relajarme. Me reía, bromeaba – es decir – era yo.
En un par de momentos me pareció sentir la mirada de él, pero no lo podría jurar. Lo que pasa es que a las mujeres nos encanta sentirnos, únicas, hechas para alguien (...como dice aquella canción de Mina: “...soy tal como tú quieres... yo soy la única que tú puedas amar...”); aún cuando sabemos perfectamente que no es verdad, ni siquiera en nuestros sueños.
Así pasó el primer día. Y al día siguiente todos estabamos en el set.
Y todas nosotras estabamos allí, bien calladitas para no molestar, fijadas en cada detalle, algo que parecía conquistar a todo el equipo. Nos explicaron las tapas de las grabaciones. Cómo cada actor se preparaba para una escena. Cuáles eran los conocimientos imprescindibles. Y nosotras – en nuestro papel de adeptas – hacíamos hasta lo imposible para grabarlo todo en nuestras mentes.
Nos dijeron que él estaba allí desde la madrugada. Tan amable como de costumbre, contestaba a todas nuestras preguntas. Y sus preguntas también fueron muchas, como: “¿Qué te pareció la escena?, ¿Tú qué harías?. Nos contó de él, cuidando mucho la parte más privada de su vida, por supuesto. Había visitado a nuestro país: Florencia, había visto casi todo de la región Toscana, Venecia. Adoraba a los italianos, la comida, la historia que se respiraba en cada rincón del país y contaba con volver. Cada una de nosotras mencionó su tierra: Ischia, Sicilia, Campania – y bueno ¿por qué no? – Roma...
No le preguntamos nada que fuera demasiado privado y se nos lo agradeció mucho. Nos recompensó.
Luego, la segunda noche todos juntos. Con todo el mundo mucho más relajado, por lo menos nosotras. Hechas todas risas y bromas.
“El otro” también era muy divertido. Es más, había tenido la sensacion de que me coqueteara. En cambio de él, ni la sombra. Pero siempre esa mano apretada al corazón que sólo me permitía decir aquel tan insignificante “Buenas noches”.
Así pasaron el tercero y el cuarto día también. Descubriendo algunas cosa de él: era un perfeccionista increíble, muy preciso y toda la onda, de verdad. Un disidente que adoraba la compañia de los demás, pero sólo si realmente lo deseaba, de lo contrario, le gustaba estar solo. Leía muy atentamente todas las criticas. De eso aprendía, de eso intentaba dejar que su trabajo diera frutos, y jamás cometía el mismo error dos veces. Se amaba a si mismo profundamente y le tenía un amor incondicional a sus padres. Le incomodaba hablar de él mismo, estaba muy celoso de su vida normal y – en su momento – era un excelente compañero.
Pasaron unos días más o menos iguales. Luego algo cambió.
Era el cumple de Juana, la hija de Giovanni y él tenía planeada una fiesta sorpresa para ella. Lo malo era que estabamos en temporada alta y no era tan fácil alejarse del trabajo sin un sustituto.
Lo menos que podía hacer era ofrecerle mi ayuda, aunque si esto significaba renunciar a una noche con mis amigas y un reto, porque mi trabajo me esperaba en todo caso al día siguiente. Pero lo hice de corazón y Giovanni aceptó.
Así que, después de echar los cimentos de barman me abandonó a mi destino, acompañada por las chicas empleadas allí que por cierto me ayudaron mucho.
Le expliqué todo a Camil, y aunque no me lo esperaba, la noche pasó en un instante. Llegaron las cuatro de la mañana, entre un Mohito quizá con demasiado hielo y un Sunrise que de “sun” tenía muy poco, pero sobreviví a ese huracán, y créenmelo no era para menos. Seis copas más que acomodar, luego a mi recamara, una ducha, un par de horas de sueño y otro día de rutina.
Caray, la altura de ese rellano era demasiado para mí, y a pesar de asomarme lo más que podía, no lograba alcanzarlo. Mientras buscaba con el pensamiento una solución al problema, lo sentí.
Detrás de mí. Una sombra gigante, inmensa. Un brazo que me superaba y que sin esfuerzo ponía las copas en su lugar.
No podía respirar. Lo sentía encima, con todo su ser. Sentía sus piernas contra las mías, su cintura y entonces entendí esa sensación de ardor desde la base de mi nuca que me acompaño por toda la noche anterior. Era él. Se había quedado allí durante todo el tiempo.
De repente me susurró al oído preguntandome si había terminado y se apartó. No mucho, sólo lo suficiente que me permitiera voltearme y mirarlo.
Se veía tan hermoso. Ahí estaba, consciente de su encanto. Me sonreía y me miraba haciendome sentir especial.
Asentí sí con la cabeza porque se me olvidaron las palabras. Tomó mi mano e hice que lo siguiera.
Saludé a las chicas del bar y me fui con él, afuera.
No vino sólo. Vino con ella. La única que siempre estuvo a su lado, fiel. La única con la que él se dejaba tomar fotos, alguien de amar o odiar, tal como él.
Sacó dos cascos y una chaqueta para mí. La verdad, un poco larga. No sabía a quien le pertenecía, ni tampoco me urgía saberlo. En ese momento era mía y eso era todo lo que importaba.
Se me acercó. Me ayudó a ponerme la chaqueta y el casco. Su mirada era tan dulce que decidí no pensar más y ser sólo la que era en ese momento.
Nos subimos a su moto y me quedé apretada a él por el tiempo que quedaba de esa noche, dejando que el viento nos acariciara. Paró varias veces para permitirme admirar la ciudad. Hablamos muy poco. En realidad, no había mucho que decir. Nos quedamos así, enrollados en el silencio, mirandonos, tan sorprendidos e inconscientes... nuesto único contacto con la realidad era su mano sobre la mía, que en un momento ya se volvió suya... ¡absurdo!
Me llevó al hotel y nos despedimos. Yo tan incomoda, le dí mi mano. Él la estrechó rápidamente, casi imperceptibilmente, rozó un ángulo de mi boca con la suya y se fue.
Una estela candiente me cruzó por todo el cuerpo... No sabía ni qué pensar. No quería hacerme ilusiones. No sabía qué quería de mí exactamente. Había sido novio de mujeres maravillosas, eso sí ya lo sabía, hasta de una Miss Universo.
Me miré al espejo desnuda, con la luz despiadada de la mañana, viendo a todos mis defectos, o todos los que al menos cada uno de nosotros cree ver.
Sentí una rabia comerme por dentro poco a poco. Hubiera querido ser bellisima, hasta sufrir... ser perfecta, tal como él. Tan bella hasta parecer maldita.
Me forzé al no dar demasiada importancia al asunto. Si sólo hubiera podido abrirme a alguien, a Camil, a Leonela, eso me hubuiera ayudado. Me sentía culpable con mis amigas, con mi esposo ni hablar...
Desde esa noche cambiaron muchas cosas. Tal vez eran figuraciones mías, o estaba paranoica por su constante presencia, cada día, cada vez que miraba a mi alrededor él estaba allí. Un caballero con todas nosostras. Buscaba cualquier pretexto para tocarme... un tormento.
Hasta propuso un día más de diversión en la Cuidad en compañia de todo el equipo que – mientras tanto – se volvió compañia de amigos.
Sí, no, tal vez, pero, finalmente acepté. En realidad no sabía qué esperar, qué actitud elegir. ¿Alejarme de él? Difícil.
Era un imán. Me propuse no hacerle caso, pero una mirada fue suficiente a hacer flaquear mi voluntad. Difruté el día. Demasiado breve. Demasiado perfecto. Demasiado todo.
Él era demasiado. Observaba en mí cada detalle. Mi ropa, mi sonrisa, mi manera de hablar, mis movimientos... lo sabía. Claro que sabía lo que sentía por él. Pero ¿qué sentía él para mí? ¿Qué era yo para él en ese instante?... Hubo ocasiones para preguntarselo, pero por miedo nunca hice nada. Su respuesta me daba demasiado miedo.
Nos enseñó la ciudad y nos contó su historia en compañia de sus compañeros. Nos invitó a cenar en un restaurante muy carácteristico y como siempre él fue muy amable con el público que lo reconocia.
Cada día intentaba levantar defensas que se caían a pedazos sin ninguna piedad... Estaba enferma del corazón... tenía miedo de lanzarme. Non mirabamos sin parar, cada vez que sabíamos que nadie nos veía... sufríamos – yo creo – por la misma enfermedad... a veces hubiera querido que todo el mundo desapareciera y encontrar el valor para besarlo, repetidamente, constantemente...
Los días pasaban demasiado rápido y la salida estaba cerca.
Lograbamos estar solos en muy pocas ocasiones y nunca nos bastaban...
Una noche, la enésima, después de un día de trabajo, se me presentó en moto, con la chaqueta y dos cascos y una sonrisa a la que era imposible negarse.
Nos fuimos a cenar en casa de un amigo suyo de la universidad, quien estaba casado y tenía dos hijos.
Me presentó como una amiga italiana y a pesar del idioma (similar pero diferente al mismo tiempo) pudimos conversar.
Conocí una parte de él misteriosa para muchos. Un hombre alegre, sonriente, hasta inconsciente. Me contó algunas anécdotas de los tiempos de la universidad, de las bromas – crueles a la vez – hechos a unos amigos. Una noche inolvidable, con buenos amigos.
Me llevó al hotel casi al amanecer.
Una vez más, el primer paso no llegaba de ninguno de los dos. Saqué el valor y lo besé el la mejilla, dándole las gracias... poco... muy poco valor. Me miró, lo ví con su mandíbula tensa. De repente volteó y se fue.
Me porté como una quinceañera, y esa vez, él se cansó... ¡pero con todo y todo!
Me sentí mal y me pasé toda la noche llorando.
Él desapareció por dos días, yo me quedé al trabajo, desesperada. Quería volver a mi casa, ya no podía más.
Entretanto – por casualidad – me topé con una vieja amistad... las vueltas que dá la vida. No nos veíamos desde hace quince años y ahora este encuentro al fin del mundo... me invitó a cenar la misma noche y yo acepté. Necesitaba distraerme.
Me arreglé intentando perseguir la perfección. Mi vestido negro que me costó tantos sacrificios y que él nunca hubría visto, mi cabello – por puro milagro – para nada caprichoso, maquillaje, tacones diez y lista. ¿Lista pero para quién? Cómo hubiera querido salir con él en lugar de este tipo... él que borraba todos mis complejos... con él era libre de ser simplemente yo y él lo veía... Me hacía sentir tan bien, bellisima. Como nunca había sido.
Me quedé toda la noche sentada a esa mesa, escuchando el amor ingenuo y frustrado que nunca tuvo el valor de confesar (¡vaya... hasta ahora lo dices, infeliz, después de todos los años de amargura...) mientras tanto mi mente estaba congelada a dos días antes, en frente a aquella maldita puerta que debía que abrir de par en par y no sólo aquella...
Me volví al hotel... con un pequeño consuelo que por cierto no me sirvió, pensando en que la alborada me encontró así...
Faltaba poco a la hora de volver a mi casa, y empecé a empacar mis cosas.
Tenía cita con “Las de la noche” por un aperitivo. Sólo nosotras antes de encontrarnos con todos por última vez.
Teníamos motivos de sobra para celebrar... Vivimos diez días inolvidables, algo de que hablar por muchos años... hasta hubieramos muerto contentas en ese momento (por favor...),
Luego Sugar me contó de la noche anterior. Él llegó tarde y de buen humor, que pero cambió a poco a poco y finalmente decidió irse, precisamente con pretextos de mal humor y cansancio... Algo raro de su parte fué – me dijo Sugar – antes de irse preguntar cosas inusuales sobre nosotras, inclusa yo. Qué hacía, qué vida llevaba y quién era el tipo con el que salí.
¡Por poco sofocaba con el Martini!
Sin tiempo para reponerme, nos fuímos a el mismo restaurante donde nos sentíamos en casa después de conocerlo de sólo diez días... no lo digo por soberbia, pero sí somos gente extraordinaria...
La cena, la última. Mirabamos tristes a todos y lo mismo le pasaba a todo el elenco. Nos la pasamos de lujo.
Nos dímos los celulares y mails. Nos dimos la gracias sin parar con abrazos, aplausos y lágrimitas a todo dar.
Tomé asiento a salvo – tontamente pensé yo – entre Camil y “el otro”... Él tambíén llegó retrasado, le dije el enésimo distraído “Buenas noches”, mientras me fingía muy interesada a la platica de los demás.
Lo ignoré muy atentamente durante toda la noche y él hizo lo mismo.
Hasta que una llamada me obligó a levantarme y alejarme del grupo.
Era mi hija preguntándome cuándo volvería. Le contesté que al dia siguiente.
Me quedé hablando con ella, luego me volteé y lo encontré allí.
Batallamos con nuestros silencios. Él parecía furioso.
Fué una auténtica escena de celos...
Y yo me quedé como lela, admirándolo, grabando en mi memoria cada centimetro de ese cuerpo, de ese rostro que nunca habría podido olvidar... nunca.
Hasta que de repente exploté:
- “Oye, pero ¿quién te crees que eres, eh? ¿Acaso mi esposo?
Me contestó que no.
- “¿Entonces, mi hombre?”
Repitió la negativa.
- “¿Tal vez mi amante?
Su silencio me dió pavor. Se me acercó me empujó con su cuerpo hasta la pared. Me miró con rabia... bajó la cabeza, acercó sus labios a mi cuello...
- “No, pero me encantaría.”
No había nada más que decir.
Sentí mi cuerpo derretido. Hubiera querido acercar mi cara a la suya, besarlo, sentir su lengua.
Hubiera querido lamer su cuello, tocarlo.
Hubiera querido extender mis manos por debajo de su camisa, y recorrer sin pudor su cuerpo.
En cambio – precisamente como la cobarde que soy – me aparté de él casi corriendo, con el corazón que me iba a estallar. Regresé al grupo y esperé que la noche terminara. Me despedí de todos, incluso de él, y me fui para siempre.
Había llegado otro amanecer. El último bajo el mismo cielo. Se me habían acabado las lágrimas.
No podía esperar mi regreso a la casa, a mi refugio ni un minuto más.
Durante todo el viaje fingí un entusiasmo que estaba muy lejos de sentir en realidad.
Sólo tenía ganas de volver a mi normalidad...
A lo mejor y después de todo ese viaje me había servido para acabr con los sueños.
Pasaron los meses y después del primer momento de pánico en que todo el mundo andaba de preguntón, pude llevar de nuevo las riendas de mi vida, retomando mis ritmos.
Hogar, gimnasio, msn.
El contacto con ellas se mantuvo constante... pero cuántas cosas hubiera querido decir, cuántas... sólo en la noche, cuando hasta los sueños se me apagaban, pensaba en él, en lo que había perdido, a lo que no había sabido vivir.
Era octubre, tal ver novembre, no recuerdo... otro día infernal al trabajo, mi jefe realmente pesado...
Volví a mi oficina después de la enésima junta. Laura me dijo que mi celular no había parado de sonar. Caray, se me había olvidado apagarlo. Lo tomé decidida a hacerlo. Me fijé mecánicamente en el número que aparecía y que creí no reconocer, pero había un sms... “Estoy en Roma. Llámame”.
Me caí en la silla. Sin fuerzas.
Me fui al baño y me quedé allí contando, no sé hasta cuál número...
Esperé la pausa para llamarle, preparé un discurso muy impersonal...
Me contestó inmediatamente...
Sentí su calor a través del teléfono.
Estaba en Roma al hotel Saint George.
Consiguió mi número de Marisol, la actriz del elenco con la que yo me llevaba mejor. Él me preguntó si podía alcanzarlo...
Diós Nuestro Señor me había dado otra oportunidad: me imagino haberle dado lástima de verdad, esta vez...
Me fui a hablar con mi jefe sacándole un pretexto, y a mis compañeras también.
Lo peor era enfrentar a mi esposo: ¿Qué habría podido decirle? Me voy a Roma a verlo, ¿pero a ver a quién? ¿Es más, qué quería de mí?
Me inventé que una amiga del grupo tenía problemas con su esposo y necesitaba desahogarse; por eso nos ibamos a Roma juntas, para hacerla reflexionar...
Nada más dos cosas en mi maleta y me fui, una vez más no quería pensar.
Llegué a Roma, me subí a la lanzadera y llegué en via Giulia 62.
Pregunté por él, lo llamaron, el número de la habitación... Me subí al ascensor...
Hay momentos que vives de modo confuso y otros que – de lo contrario – recuerdas con gran lucidez.
De aquel momento yo sólo recuerdo el calor. Y el sabor.
El calor de su mirada cuando abrí la puerta.
El sabor de sus labios, de su lengua, de cuando – sin esperar nada a cambio – me lanzé a sus brazos y lo besé cómo había deseado hacerlo una, cien, mil veces. No me cansaba de hacerlo. Y lo hice por los cuatro días que vivímos juntos, hasta el último instante.
Había esperado demasiado. No quería saber qué hacía a Roma, ni tampoco por qué me había buscado. No quería saber nada.
Deseaba sólo a él. Su cuerpo. Su corazón. Su alma sólo para mí. Sólo cuatro días y luego todo sería como antes. Cuatro díaz me hubieran bastado por toda la vida.
Pudimos apartarnos sólo después de un largo rato, confundidos y bastante aturdidos.
Nos sonríamos, inconscientes pero felices.
Nos pasamos el día por Roma y sus alrededores: Piazza di Spagna, via Margutta, piazza Navona, Campo de Fiori, Trastevere. La ciudad fue tan generosa con nosotros. Tiempo apacible, tanta gente pero tranquila. Había estado varias veces en esos lugares pero sólo con el pude valorar esos encantos. Nos compramos una guía turistica muy bien cuidada, y entre un beso y un abrazo caminabamos como dos... ¿puedo decirlo? ... enamorados.
No llevé mucho conmigo de la casa, sólo lo esencial. Nos fuimos a via Condotti, no acuerdo a cuál tienda... me compró de todo. Y no ni siquiera sabía a dónde mirar... él era tan especial... las empleadas se lo comían con los ojos, pero él sólo tenía ojos para mí...
Cenamos en un restaurante muy intimo (¿pero cómo lo sabía?).
Ambos pensabamos en lo mismo... y lo deseabamos intensamente... esta vez no había marcha atrás... Habríamos esperado el momento disfutando la espera a cada instante.
Paseabamos y llegamos al hotel. Llovía. Nos subimos, sin ninguna prisa. cerramos la puerta.
Y dejamos el mundo trás de ella. Nos quedamos un buen rato fijándonos. No acuerdo quién empezó, sólo acuerdo el lento acumularse de nuestra ropa a nuestros pies, mientras nos acariciabamos con los labios, con las manos, con los ojos.
Era bellísimo... Fuerte. Musculoso... cómo dicen por ahí, y con razón diría yo ahora, la fantasia no llegaba a la realidad...
Empecé a tocarlo, timidamente en un principio, luego disfrutando de sus reacciones, más segura y atrevida.
Igual que él conmigo...
Me sentí deseada, fuerte, poderosa... sus gemidos me lo decían a cada caricia...
Hacer el amor con él era como leer un libro, comer, respirar, beber... era todo y nada.
Volver a descubrir nosotros mismos, nuestros cuerpos... era como volver a la nacer...
Insaciable, generoso en dar, prepotente en toman aún en el momento más intimo... Mi mano en la suya, mis ojos en los suyos, sus gemidos que se volvían míos...
Pasamos la noche aprendiendo todo de nosotros de cómo gozabamos de nuestros olores, de nuestros sabores. No sé cuántas veces respiré su aroma, aprovechando de su sueño. Cómo una ladrona intentaba robar cada detalle que pudiera recordarmelo, cuando ya no podríamos estar juntos. No dormía mucho, pasaba las horas mirándolo y preguntandome cuál sería el precio que pagar por esa felicidad, sólo mía, sólo suya, nuestra.
Amanecer juntos, abrazados, nuestros desayunos, nuestras interminables duchas, todo...
Vivir una vida entera en sólo cuatro días... Todo con él sabía diferente...
Hasta las cosas más simples e insignificantes, como sentarse a un banquillo y comer un trozo de pizza juntos era pura y simple felicidad.
Platicamos mucho de nosostros y mucho lo ocultamos. Él nunca me preguntó sobre mi relación con mi esposo, ni tampoco yo le pregunté si había alguien a su lado. Vivimos esos días saciandonos de nosotros, sólamente de nosotros dos.
Cada vez, hacer el amor con él era como la primera vez, porque lo que sentíamos era cada momento más fuerte e intenso.
Pero también esos días pasaron, aunque vividos a lo máximo.
Desde la noche anterior teníamos un nudo en la garganta. Pero disimulabamos el dolor.
Un día más en Roma y él quiso hacerme un regalo. El enésimo... una joya, una bolsa... le propuse un libro... “Qué tú seas para mí el cuchillo”... que ya había devorado y rechazado porque contaba de demasiado amor. Encontrarlo también en español fue un reto.
Hicimos el amor por última vez. Con rabia, dolor, amor, pasión, ternura y añoranza...
No nos juramos amor eterno, tampoco pensabamos llorar deseperados...
Ya lo sabíamos todo desde un principio, y también sabíamos lo que ambos deseabamos.
Me llevó al aeropuerto. Nos despedimos. Lo besé por última vez. Me sonrió y sé volteó. Lo sentí respirar profundamente. Lo ví alzar las espaldas e irse. Nunca me miró. Yo tampoco.
Volví a mi casa. Miré a mi esposo y a mi hija. Miré otra vez a mi esposo preguntandome cómo estaba y cómo me fue...
Le contesté que bien, con una puñalada al corazón por todo el daño que le hice y que nunca me perdonaría.

Ya pasaron varias temporadas desde entonces... mi vida sigue como siempre... hogar, tabajo, gimnasio, msn...
Sigo siendo su admiradora... y a hacerme daño... siempre está precioso, aunque los años van pasando para él también...
Siempre las mismas entrevistas... con las mismas preguntas y las mismas respuestas... todavía no se ha casado, pero dice que pronto lo hará...
Sigo con “Las de la noche”, compartiendo sueños prohibidos, risas, platicas y muchos lindos recuerdos... menos algunos que me llevaré mucho más allá de esta vida...
Hace unos días escuché una nueva entrevista, a ese show dónde su público está acostumbrado a verlo...
Le preguntaron qué le gustaría hacer en cuánto termine su último trabajo – todo un éxito, por supuesto - ... contestó que le encantaría viajar... y volver a Italia... sobretodo a Roma... dónde pasó una breve e intensa temporada... dónde dejó una parte de si mismo, por lo menos eso me pareció oírle decir.
Aunque nadie lo crea, esa parte me pertenece sólo a mí...

Sabrina
Inolvidable
Agosto 2010

PD Este cuento es de pura fantasía...

Grazie Elisa per la traduzione. Sei una vera amica....
Publicado por sabri
Publicado el 28/08/2010 16:38 - Total Temas: 39 - Total Mensajes: 199
ENTRADAS POPULARES
Publicado por *zarabanda
Publicado el 12/06/2026
Publicado por *zarabanda
Publicado el 12/06/2026